Antes de que la rabia me consuma por completo, voy a escupir estas palabras en contra de la policía, una institución cuya naturaleza explica perfectamente el funcionamiento y las contradicciones internas del sistema en el que vivimos. Los casos de gatillo fácil no paran, en los últimos días se sumaron dos hechos más en Buenos Aires, ¿cuantos más muertos tenemos que tolerar?
La maldita policía (caítulo extraído del libro Desenmascarar al tirano)
El 23 de noviembre, del presente 2025, Samuel Tobárez, de 34 años fue asesinado por efectivos de la policía cordobesa. Un testigo afirma que lo mataron a golpes e insultaban diciéndole “puto de mierda”. “Tenía dañado el cráneo y le faltaban dientes”, dijo la madre de la víctima.
Vengo a desmentir a todos aquellos que piensan que se trata de un exabrupto, un exceso o algo que va en contra del quehacer policial y no sólo porque este hecho tenga numerosos antecedentes.
Desde las pantallas del cine de Hollywood nos venden la imagen del policía héroe, salvador, entregado a su trabajo, que investiga, combate el crimen, un Johan McClane, un Robocop. La realidad es muy distinta, pero vayamos por partes:
Siguiendo con los enunciados de David Graeber que describe los actuales “Trabajos de mierda”, el policía cumple un rol principal que es ser lacayo, esbirro y atador con alambre del sistema. En su función de lacayo es el decorado del orden social, su presencia nos recuerda que estamos siendo permanentemente vigilados. Es un teatro disciplinario: patrullar, observar, pedir documentos. Esto no combate el crimen estructural, es un ritual que hace que la población interiorice la obediencia. En su función de esbirro el policía compite con amenazas reales o imaginarias para el sistema. Protege intereses económicos o de clase. Por último, como atador con alambre, combate algunos síntomas de los problemas sociales de base, nunca atacando los problemas de fondo.
Sí, existe el trabajo policial real —el que aparece en las películas—, pero representa entre el 1% y el 5% de las tareas, según el país. El resto es burocracia, disciplinamiento, normalización y corrección, sin embargo, estas funciones se protegen de la crítica tras la égida de la imagen moral de una institución que combate el crimen.
¿Qué tan paradójico es que el mismo policía que te reprime en la protesta sea al que recurrís cuando te roban el celular? Si la institución que te controla es también la que te salva, entonces nunca podrás verla como un problema.
La pregunta es inevitable: si mañana desapareciera la policía, ¿qué imaginamos que pasaría? Caos. Saqueos. Violencia. La ley de la selva. Una guerra de todos contra todos.
¿Por qué pensamos así? Porque nos inculcaron que lo único que frena un asesinato, un robo o una violación es el miedo al castigo. No porque nosotros vayamos a cometerlos, sino por esa sospecha permanente de que “los otros” sí lo harían. Es curioso: la mayoría vive en barrios donde la gente es amable, donde nadie se comporta como una bestia. Sin embargo, siempre creemos que en otra parte de la ciudad hay hordas peligrosas listas para venir por nosotros si la policía dejara de existir durante cinco minutos.
La realidad es más simple y menos dramática. La mayoría de los crímenes no se resuelven. La gran mayoría de las personas no se volvería delincuente, aunque no existieran policías ni cárceles. Esos dos hechos ya desarman buena parte de la ficción.
Nuestra convivencia diaria lo demuestra. Todos podríamos tratarnos mucho peor: agredirnos, romper cosas ajenas, insultar a desconocidos o robar pequeños objetos sin que nadie se dé cuenta. Y aun así no lo hacemos. No porque haya un policía en cada esquina vigilándonos, ni porque nos hayan “adiestrado” como animales de laboratorio. Lo que nos frena son acuerdos tácitos, normas de convivencia que respetamos porque sabemos que, sin ellas, la vida sería más difícil para todos. Si trato mal a la gente, me van a evitar. Si les robo, me van a enfrentar. Y si la situación escala, recién ahí aparece la policía, porque hemos delegado en el Estado la gestión de los conflictos graves. Pero eso no significa que sin Estado los conflictos no se resolverían. Lo harían de otra manera, sin cárceles ni engranajes judiciales diseñados para castigar más que para reparar.
Entonces surge una pregunta clave: ¿cómo hace una minoría —las instituciones, las fuerzas del orden, el aparato estatal— para mantener bajo control a una población de millones? Lo hace con una farsa cuidadosamente armada y repetida durante siglos.
Primero, se construye una moral que define el delito y lo qué es aceptable. Las leyes fijan primero lo que ya era un acuerdo existente. Con el tiempo, esas leyes se retuercen para servir a quienes tienen el poder. Si hay desigualdad, hambre o desesperación, algunos querrán romper esas normas, entonces entra en juego el segundo paso de la estrategia.
Se crea la ilusión de vigilancia total. Somos pocos, sí, dicen los vigilantes, pero tenemos ojos y oídos en todas partes. Da igual si cometes un delito en soledad, en silencio, en un rincón donde nadie te ve: tarde o temprano te atraparemos. Esta ilusión se refuerza cada día con titulares y noticias que cumplen varias funciones a la vez: infundir miedo, generar desconfianza mutua, mostrarnos criminales por todas partes.
El tercer paso es el castigo. La cárcel es presentada como un infierno necesario, un sufrimiento ejemplar que debería disuadirnos. Pocos se preguntan si realmente sirve para algo que no sea destruir vidas, pero su función nunca fue reparar: es aterrorizar.
Con estas tres herramientas —moralidad moldeada desde arriba, vigilancia imaginada y castigo brutal— la obediencia se vuelve casi automática. El Estado no puede prevenir ni resolver la mayoría de los crímenes, pero el miedo a sus consecuencias basta para que ni siquiera nos planteemos actuar fuera de las reglas. Aunque muchas leyes sean injustas, si todos a mi alrededor las siguen, es más probable que yo también lo haga. Aunque viva rodeado de personas buenas, si cada día me muestran asesinos y violadores en la pantalla, voy a desconfiar de cualquiera que no conozca.
Aquí estamos, a merced de una fuerza estatal que parece omnipresente y moralmente superior, lo único que nos detiene de ser devorados los unos por los otros. Un Leviatán que hemos creado por temor a nuestra propia naturaleza y que, paradójicamente, encarna lo peor de ella. La policía es, en casi todos sus niveles, una de las instituciones más corruptas, arbitrarias y proclives a la violencia fascista. No es una mera conjetura, por dónde se mire los policías son la encarnación de las peores atrocidades a nivel civil que se pueden encontrar: son quienes amparan el crimen organizado, quienes defienden al poder injusto en contra del pueblo, quienes utilizan la autoridad para dar rienda suelta a su propio odio.
No son casos aislados. El racismo, los crímenes contra las minorías sexuales, la violencia doméstica, son moneda común entre los policías porque para querer ser parte de la fuerza hay que tener ciertos rasgos de personalidad. La forma de ser y la conducta se potencian en ese nicho, personas que desean poder, autoridad para normalizar y castigar a otros, son personas que, al sentirse legitimadas, se vuelven violentas.
¿Por qué matar a golpes a un joven al grito de ‘puto de mierda’ encaja en este ciclo? Porque para la policía, lo gay es un signo de desviación profunda, un desafío a la norma que ellos creen defender. Como vimos anteriormente en el libro, la espiral del fascismo se va construyendo con este tipo de actos de normalización y disciplinamiento. De hecho, el aparato policial es responsable de buena parte del trabajo sucio del Estado que va retorciendo nuestras vidas con burocracia, vigilancia y violencia. Son quienes atan con alambre un sistema inherentemente injusto, salvándonos de nuestros propios fantasmas.

Libro.de Vernon Coleman